Capítulo 6: El otro lado de la resiliencia

Por: Maritza L. Félix

Resiliencia: Del inglés “resilience”, y este derivado del latín resiliens, -entis, participio presente activo del verbo resilīre (‘saltar hacia atrás, rebotar’, ‘replegarse’). Capacidad de adaptación de un ser vivo frente a un agente perturbador o ante un estado o situación adversa.

Qué cosa más bella es triunfar en la adversidad. El sentimiento de saber que, a pesar de que el mundo conspiraba para vernos fracasar, logramos alzarnos. Ese llegar a algún lugar —no siempre una cima, pero un sitio en el que podamos tomar un momento, dejar de contener el aliento y respirar—. Ese instante cuando uno para y siente el corazón latir en las sienes, la sangre hormiguear por las piernas y las manos hinchadas por el esfuerzo. Voltear atrás y ver que el monstruo que iba a comernos está lejos y derrotado… pero tomando fuerzas, así como uno. Entonces se rompe la burbuja. Uno no puede aflojar el paso, porque la amenaza nunca muere. Y nos echamos a andar, así rotos, pero vivos. Eso es la resiliencia.

Yo pensé que el “sueño americano” sería el término más prostituido en la comunidad migrante. Lo usamos a la ligera, como si significara un paraíso, sin entender las contradicciones, lágrimas y silencios que conlleva. Lo tiramos por aquí y por allá, como si no fuera una pesadilla a la vez. Es como si no quisiéramos ver la ironía que conlleva esa frase que se usa para generalizar y encasillar. Pero no lo es, al menos no hoy. El cliché más grande es la resiliencia, una palabra que me provoca todo: desde el orgullo apasionado hasta el desasosiego más profundo; y me hace preguntarme: ¿cuándo podremos ser solo fuertes, así, sin que nadie nos amenace?

Y aun con la adversidad, seguimos. Contra todo, hasta de nosotros mismos.

La resiliencia migrante, de los periodistas, de los medios comunitarios y de los marginados, es un superpoder de echar semillas y florecer en terreno árido; representa la fuerza, el ahínco y la voluntad; nos planta como robles… nos hace eternos. Pero en esa misma dualidad, nos enfrenta a las amenazas, a nadar contra la corriente, a la necesidad de justificar el ser y estar, de siempre estar demostrando algo, de siempre agradecer por la ayuda y sentir que el merecer también es un privilegio. Este es el lado oscuro de la resiliencia del que nadie habla: los muchos secretos que nos tragamos en el afán de mostrar la fuerza.

Por eso hoy me uno a mis compañeros periodistas latinos para desnudar con ustedes nuestras vulnerabilidades, para crear espacios en los que podamos solo ser sin tener que luchar por respirar. Este es un llamado también para saber quiénes están realmente con nosotros y para definir de una vez por todas si el barrio periodístico nos respalda.

La historia

En 2020, cuando el mundo se iba al carajo, descubrí la fuerza de una comunidad a la que siempre tomé por sentado. La pandemia por el coronavirus nos tenía paralizados y en aislamiento, y las restricciones fronterizas separaban a mi familia en un periodo de duelo, incertidumbre y temor a no volvernos a ver. Fue duro. Yo, que siempre me vi como una contadora de historias, con un instinto periodístico afilado, tuve que parar, repensar y crear. Así nació Conecta Arizona.

Lo que empezó como un pequeño experimento periodístico que iba a durar unos tres meses está a punto de cumplir seis años. ¡Seis años! Nacimos en una crisis y seguimos floreciendo en otra. Eso es resiliencia y no lo digo a la ligera.

Para quienes nunca han escuchado hablar de Conecta Arizona, les cuento que es un servicio de noticias útiles en español que conecta a las comunidades transfronterizas de Arizona y México con información verificada y un toque de buen humor. Nuestra misión es devolverle el diálogo al periodismo y el goce al periodista.

Empezamos con WhatsApp y crecimos por miles en las redes sociales, con un podcast, un programa en vivo de radio, un boletín, nuestro sitio web, eventos en vivo, programas de entrenamiento comunitario y más. Además, tendemos puentes humanos por todos lados: capacitamos a periodistas, les damos una plataforma, financiamos proyectos bonitos y podemos ser sin dar explicaciones. Así, lo que empezó con una sola persona, ahora le da trabajo e inspiración —en diferentes capacidades— a unas 40.

Pero yo, que era solo una periodista, tuve que aprender a emprender.

Por tres años, Conecta Arizona no fue sostenible. Vivía de mis becas, mi trabajo freelance y pequeños subsidios por proyectos. Comencé 2023 con un saldo rojo de tres mil dólares en el banco, pero me puse la meta, el north star, de convertir a Conecta Arizona en un medio independiente inspirado y liderado por la comunidad, sano financieramente y con un equipo comprometido con nuestra misión. Me parecía imposible, pero ese mismo año lo cerramos con una recaudación para los próximos años de alrededor de un millón de dólares. 

¿Fue magia? ¡No! 

¿Fue suerte? ¡Mucho menos! 

¿Fue casualidad? ¡Bah!

Aquí el secreto: La resiliencia.

La constancia como motor

Por tres años me dediqué a servir a una comunidad sin importar si el dinero llegaba o no, por la urgencia del momento, por las muchas brechas en información y confianza que había entre los hispanohablantes de mi comunidad. Y en esa tenacidad de seguirlo haciendo a pesar de la precariedad, pude “probar el concepto” de que el periodismo comunitario, en español, transfronterizo y de a pie, era —no solo necesario— sino deseado.

La gente empezó a hablar de lo que hacíamos (irónicamente hablo en plural cuando todo esto era básicamente yo), pero no nos invitaban a esas conversaciones. Así que, como estrategia, decidí forzar a los otros a verme de frente. Acudí a todas las conferencias, con toda mi latinidad y mis tazas naranjas. Me presenté, charlé y contagié una pasión —que todavía siento por Conecta Arizona—. “Vender” mi idea nunca fue difícil, porque creo en este proyecto con cada fibra de mi ser. Al principio no me veían y había quien no disimulara siquiera no entender mi inglés con acento, pero logré que la perseverancia se impusiera a los estereotipos y entendí que mi identidad es la fuerza más grande de negociación. Dejé de achicarme para caber y me construí una mesa en la que cabemos todos.

Pero no fue gratis. Me acabé los ahorros míos y de la escuela de mis hijos, sacrifiqué parte de su infancia con momentos que no van a volver, tengo casi seis años sin dormir y ahora me provoca insomnio el miedo y la emoción, sin poder diferenciar qué es lo que me pega más fuerte. Y no estoy sola. Con cada emprendedora latina que conozco, muchas mencionadas aquí antes, hablo de lo mismo.

Ninguna tuvo suerte. Nadie nos regaló nada. Trabajamos. Transformamos los sueños en un documento de misión, visión y valores; cambiamos las fantasías por un presupuesto; nos sacudimos el tabú migrante de hablar de dinero y negociamos financiamiento desde posiciones de poder; preguntamos, pedimos ayuda, nos unieron las ganas y la complicidad; nos despedimos del “ahorita” y del “mañana”, y lo hicimos un plan estratégico… y dejamos de competir, para construir.

El periodismo, la resiliencia, el éxito es personal. Pero también son personales los desafíos que nos compartimos en voz baja porque no queremos que sean vistos como una debilidad, que nos vuelva a obligar a ser más resilientes que el resto.

Los desafíos

Cuando fundé Conecta Arizona, Donald Trump era presidente, estábamos en medio de la pandemia, mataron a George Floyd, los niños eran separados de sus padres migrantes y la frontera estaba cerrada. Los retos no son nuevos. Pero desde 2025, las amenazas dejaron de ser abstractas: ahora nos tocan la puerta, los correos, los WhatsApp, la vida misma.

El trabajo que hacemos, cómo lo hacemos y con quién lo hacemos nos pone un blanco en la espalda. Punto.

Tengo un equipo de estatus migratorios mixtos, de diferentes nacionalidades y vulnerabilidades. Un reportero tuvo que volver a México por el temor al acoso migratorio, otros dejaron de viajar en avión, a nuestro fotógrafo lo intimidan en los aeropuertos, a mí me han seguido y podría continuar enlistando los muchos riesgos a los que nos enfrentamos para pintarte nuestro día a día, pero cada día es algo nuevo.

No éramos breaking news. Ahora cubrimos las redadas que sí lo son. Cada vez más seguido, casi a diario, tenemos que activar el modo de respuesta rápido para informar a una comunidad que está bajo ataque… una comunidad a la que también pertenecemos y representamos.

No es solo miedo. Son mensajes de amenaza: “Aprende inglés, fuc@#¢¢ Mexican”, decía uno. “Te voy a mandar a ICE”, firmaba otro. Tomamos precauciones, pero no paramos. Porque parar es rendirse. Y rendirse es dejar que ganen; ¿quién? ¡Quién sabe!

Pero el golpe más duro no son solo las amenazas. Es el financiamiento que se acaba a cuentagotas. Los grants de varios años que recibimos se están agotando sin saber si habrá renovación. Hay fundaciones que temen que apoyar nuestro trabajo —nuestra identidad transfronteriza, nuestro español crudo— los haga ver “políticamente incómodos”. La incertidumbre dentro de los mismos grandes financiadores nos desestabiliza. No tenemos estabilidad por ningún lado.

El 80% de mi tiempo se va en justificar por qué el español importa, que el periodismo transfronterizo es crucial, que necesitamos dinero para seguir haciéndolo y que no podemos extraer más de una comunidad que está golpeada y atacada, no en contar historias. Cada grant exige páginas y páginas de reportes. Muchos quieren “innovación”, pero nadie se da cuenta de que estamos en modo de supervivencia. Llegamos cada vez más lejos, pero ahora nos preocupa llegar más profundo. 

¿Cómo cubrimos deportaciones con empatía cuando uno de los nuestros perdió a un ser cercano en una? 

¿Cómo hacemos periodismo esperanzador cuando nosotros perdemos la esperanza algunos días? 

¿Cómo rescatamos la dignidad? 

¿Cómo resistimos?

Este ritmo no es sostenible. Ni emocional, ni físicamente, ni financieramente. La pasión nos lleva hasta cierto punto, pero sabemos que después viene la disciplina… y los cuidados que hemos postergado. No nos ha llegado el burnout, pero sería utópico pensar que no nos alcanzará. Por eso nos preparamos como si estuviéramos en guerra: sabemos cómo actuar cuando queremos desconectarnos y no podemos bajar la guardia.

Son pocos los aliados que realmente tienden la mano más allá de las palabras de aliento. En este caso, las “súplicas y oraciones” no bastan. Necesitamos acción.

No hay nada romántico en saberse en riesgo y sentirse solo. Dejemos de normalizarlo. 

Lo que nos salva

Aquí la ironía más grande: lo que nos salva es esa misma resiliencia que nos agota. Seguimos porque sabemos que vale la pena. Porque llegar más profundo —con empatía, con amor, con dignidad— sigue siendo posible, aunque algunos días la esperanza se oculte.

Lo que nos salva es entender que la resiliencia no debería ser eterna, pero sí transformable. Perdemos el sueño por ser resilientes, para que otros se vayan a la cama con la conciencia tranquila de la indiferencia y la ignorancia. 

Nuestro periodismo está convirtiendo desiertos áridos en jardines informativos. Conversación a conversación, con un cafecito, logramos diálogos que. nos exponen a perspectivas distintas. Que rompen cámaras de eco. Que nos ayudan a comprender —y a veces a querer— este mundo tan complejo. Pero no romanticemos, ¿a costa de qué?

Nos salva Voces Locales, el Immigrant News Coalition, esas redes informales que se tejen entre quienes hacemos este trabajo. Esa camaradería profunda: entendemos que, aunque los recursos escasean y nos obligan a competir, no somos enemigos, sino aliados del mismo ecosistema.

Nos salva la comunidad, que a veces no entiende ni lo que hacemos, pero nos confía. Nos cree. Nos respalda. Nos apapacha. Nos acompaña. Nos abraza cuando alguien más nos arrebata la manta. 

Nos salva la fuerza que nos da el coraje. Esa capacidad de levantarnos que ningún manual de liderazgo puede enseñar. 

Nos salva la gente que interpreta nuestros silencios como llamado de atención. Los que nos preguntan cómo estamos sin esperar respuesta. Los que notan que no hemos comido ni dormido y nos obligan a pausar. Los que revisan nuestro presupuesto de madrugada cuando estamos cansados de tanto pensar, calcular, vivir y justificar. Los que, frente a fundaciones que nos intimidan, nos recuerdan “no minimices tus logros”.

Nos salva ese instinto latino de seguir adelante. Lo que no cabe en ningún plan estratégico ni en ningún informe de impacto. Lo que transforma a una sola periodista con WhatsApp en 40 voces transfronterizas.

En realidad, nos salva ser quienes somos. Al fin y al cabo, lo que nos salva es que la resiliencia viene de nuestra identidad.


Maritza L. Félix es una periodista freelance galardonada, productora y escritora con base en Arizona. Es fundadora y directora de Conecta Arizona, un servicio de noticias en español que conecta comunidades en Arizona y Sonora a través de plataformas digitales. Maritza creó y conduce el podcast Cruzando Líneas, y coproduce y copresenta Comadres al Aire.

En 2025 recibió el International Women’s Media Foundation (IWMF) Courage in Journalism Award por su cobertura valiente e impactante de comunidades fronterizas y hispanohablantes. En 2022 fue nombrada Innovadora del Año por la Local Media Association y obtuvo el Cecilia Vaisman Award como Mejor Periodista Multimedia Hispana.

Maritza es quíntuple ganadora del Emmy, dos veces nombrada Mejor Periodista en Español de Arizona, y reconocida entre las 40 Personalidades Hispanas menores de 40 en Arizona. Es senior fellow del JSK Community Impact Fellowship en Stanford, egresada del Sulzberger Executive Leadership Program en Columbia University, y del Media Transformation Challenge (MTC) en Poynter. También cuenta con fellowships de The Carter Center, Education Writers Association (EWA), Feet in 2 Worlds (Fi2W), IWMF Adelante Fellowship y Listening Post Collective. En 2020, Take The Lead la reconoció como una de las 50 Mujeres que Pueden Cambiar el Mundo del Periodismo.

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